Hacía apenas unos segundos Yaiza besaba a su amiga Natza en los labios, pero el temblor de la tierra las interrumpió. Centenares de raken recorrieron las tierras a grito de guerra, montados en los salvajes y destructivos zhuguer. Los animales aplastaban las hogueras con sus grandes patas, con la cola quebraban los soportes donde trabajaban el bambú y con sus dientes afilados atrapaban a todo laghart que se acercara demasiado. Por otro lado, sonaban las ballestas a manos de las pieles rojas, silbando campo a través. Los aullidos de guerra, las pisadas, los cortes, los gritos de dolor, las súplicas, todas se unían en la cabeza de Yaiza como una terrible sonata de miedo.
Y tal como vinieron se fueron, sin dejar nada más que el paso de su odio, de su fuerza; dejando atrás el paso de su amada y venerada guerra.
Tan sólo se olvidaron de Yaiza, pero en cambio ella jamás olvidaría el sonido de aquella flecha atravesando el corazón de Natza.
Jamás lo olvidaría.
Jamás lo perdonaría.
Y tal como vinieron se fueron, sin dejar nada más que el paso de su odio, de su fuerza; dejando atrás el paso de su amada y venerada guerra.
Tan sólo se olvidaron de Yaiza, pero en cambio ella jamás olvidaría el sonido de aquella flecha atravesando el corazón de Natza.
Jamás lo olvidaría.
Jamás lo perdonaría.
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