domingo, 3 de julio de 2016

Capítulo 2: Cuando el demonio sonríe. [1ª Parte]

Era tarde en el bosque de Farrien. Tan sólo se escuchaban los sonidos salvajes de la fauna moviéndose discretamente por el barro y el polvo. Parecía que no hubiera vida inteligente, y de hecho, Farrien era conocido por ser uno de los bosques más peligrosos de Thagos. Tenía más de 4.000 hectáreas, y se había hecho famoso por la multitud de ciénagas en su epicentro, donde se creía que una vez se entraba, no se volvía a salir jamás. No se sabía con precisión qué clase de especímenes se escondían en los barrizales porque nadie que lo hubiera visto había sobrevivido para contarlo, pero Aemy estaba convencida de que ese era el mejor camino para escapar de los Conquistadores. Tras la primera victoria habían subido los ánimos entre la Resistencia. Demasiado, tal vez. La idea de saberse vencedores les llenó la boca de sueños y esperanzas que se tuvieron que tragar en cuanto les lanzaron encima una segunda ola de soldados. Por lo menos contaron el triple que la anterior: caballeros, infantería, artillería… jamás habían visto nada parecido. Habían querido matarles de un solo golpe. Tuvieron que huir despavoridos, desbordados por la realidad, pero Aemy se aferró con total firmeza a su rehén. Presentía que uno de sus objetivos principales era recuperar a su subgeneral, y sabía que les haría daño no conseguirlo.


Los pocos que lograron escapar eran los más sanos, pero también los más jóvenes, los más atemorizados, los más derrotados por las pérdidas. Quedaron atrás los tullidos, los sacrificados, los que habían decidido luchar hasta el final, y los cadáveres sin enterrar. Aemy recordaba con intensidad el momento en el que su padre la miró por última vez, y como despedida, le había lanzado un beso desde el dedo pulgar, el dedicado al amor de igual a igual, el cual era muy raro mostrar ya que se consideraba una muestra de debilidad y de rebaja del orgullo. Y aún y así, la que tenía la mente más fría era Aemy.


Habían pasado dos días y aquella era la tercera noche. En algún lugar remoto del bosque de Farrien, se escuchaban las cadenas de un rehén al moverse, y los llantos de Garok, un joven de las montañas de Karur. Era un fagher, y tenía un corazón tan blando que lo podías usar de almohada. Lloraba como un riachuelo desde que habían dejado el campo de batalla, sin cesar, y cuando todos creyeron que se había quedado sin más lágrimas que derramar, su lloro incrementó, más intenso a cada paso que se alejaban.


—Por dios…. ¿no vais a hacer que se calle? No me escucho ni los pensamientos. —Aemy le lanzó una mirada furibunda a Vermilion. Tenía un aspecto terrible con las cadenas haciéndole mil nudos alrededor del cuerpo. Era tan grande al lado de todos los demás, que nadie se había atrevido a acercarse para curarle las heridas pero todos eran conscientes de que deberían hacerlo tarde o temprano. Era eso o dejarle morir. Se le habían infectado las heridas de flechas, y de hecho, la joven brankis estaba convencida de que aún tenía la punta de alguna clavada porque cojeaba mucho de la izquierda. Había intentado hacer acopio de todas sus fuerzas para acercarse ella misma, pero cada vez que lo intentaba, recordaba el rostro de su padre y el beso en el pulgar.


Rogarien, un laghart fagher que se había unido a la Resistencia hacía más de medio ciclo lunar verde, miraba a la nueva líder con expresión desagradable.  


—Bueno, ¿qué? ¿Sabes de verdad dónde cojones estamos?
—Eso, ¿sabe alguien dónde cojones estamos? —el rehén era el que estaba en peor estado, pero era el que siempre tenía algo que decir. E invariablemente en tono de burla.


—Lo sé. Pero habrá que esperar a la luz del día para cruzar. —La inquisición en la mirada de Rogarien la hizo responder—. Estamos en Farrien. Mañana por la mañana cruzaremos las ciénagas. —Se hizo un silencio absoluto, tanto que fue incluso extraño. Cuando el llanto de Garok rompió el aire bruscamente, todos fueron consciente de que había callado por unos segundos de la impresión.


—¿¡Estás loca!? —exclamó Rogarien, tras recomponerse mínimamente—. No podemos, ¡moriremos!
—Yo sí que moriré si nadie se atreve a curarme. No morderé lo juro, pero empieza a dolerme un poco. Sólo un poco, por eso, no os apuréis. Puedo aguantar, en serio.
—¡Cállate de una puta vez! —Se dirigió un furioso Tulian hacia el raken. —¡No te callas nunca! ¡Estamos jodidos! ¿No te das cuenta?
—Yo el que más, eso te lo aseguro. Pero sí, tienes razón, estamos jodidos. —Y parecía hacerle una tremenda gracia cuando se encogía de hombros. Tulian alzó el puño, con toda la intención de asestarle un puñetazo, pero antes de llevarlo a cabo se echó hacia atrás. Le daba miedo la imponente figura de Vermilion. Cualquiera habría podido sentir aquella aura imponente que despertaba la presencia del subgeneral, pero pocos habrían podido notar el miedo que transmitían sus ojos. Era como si se escondiera una sombra detrás de ellos, la cual conocía y sabía mucho más de lo que expresaba. Tulian balbuceó algo en hushu y se calló.

—Vaya, y yo que pensaba que se empezaban a poner las cosas interesantes… —Le respondió Vermilion.

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