La mañana se despertó con el rocío pegado en la mejilla escamosa de una piel azul. No sabría decir si había dormido o si por el contrario había vivido dentro de una pesadilla que la había arrastrado hacia un corazón desbocado y la ansiedad de quien ha visto el horror producirse en persona. Por eso, aquella mañana y como todas las anteriores, Aemy se incorporó de un golpe seco, mano en pecho y la triste sensación de haber perdido otra vez. Con un grito todavía ahogado en la garganta, inició una primera inspección general. Recordó los sucesos acontecidos la noche pasada y un rubor intenso le cubrió rápidamente las mejillas. Algunos de sus compañeros ya estaban despiertos. Se acicalaban a orillas del pantano los restos de barro en sus pieles y en sus tristes ropajes de guerra. Algunos incluso trataban de cazar con los arpones algún que otro bicho marino que se pudiera asar en la hoguera, aunque no parecía haber suerte.
Observar a su gente tan centrada en acciones cotidianas hacían que Aemy sintiera un profundo cariño ardiendo en su entrañas. Sentía que no importaba el lugar donde estuviera, su casa siempre sería allá donde estuviera su gente, su tribu, los hushu.
—¡Aemy! —Escuchó de repente. Era una exclamación de profunda alarma, así que Aemy sintió un pequeño vuelco del corazón: algo iba mal. —¡Valgaryan quiere matarle!
—¿Cómo?
—¡Al conquistador rojo!
—¡Ni hablar, no puede…! — se abalanzó hacia el origen de unas voces profundas que procedían de las afueras del campamento. De pie, frente al colosal general, se encontraba Valgaryan, hablando muy acalorado, y allí, todavía atado firmemente de pies y manos al avellano, Vermilion sonreía con desfachatez a su interlocutor, como si se lo estuviera pasando divinamente.
—¡Valgaryan! —chilló Aemy, justo cuando el mencionado alzaba su arma en alto, con toda la intención de clavarla en el bello centro de su corazón. ¡Cuánto le odiaba, y cuánto se sentía en su mirada feroz, cargada de un brillo voraz, anhelante de muerte y venganza! Los suyos habían muerto a manos de un piel roja como aquél, y ahí le tenían, atado, todavía vivo… y curado por las manos de alguno de sus hermanos.
—¿Le proteges, Aemy? —inquirió, con tanto desdén que le saltó saliva de la boca—. Le curas, le alimentas y ahora le evitas la muerte traicionando a los de tu misma sangre. ¿Olvidas todo lo que nos ha hecho su gente? ¿Todo el dolor sufrido durante largos años en silencio? ¿Olvidas el por qué hemos puesto nuestras vidas en peligro? ¡Buscamos liberarnos de sus garras, del veneno de sus palabras, de su absurda guerra, de sus ansias de poseerlo todo... y tú le tratas como si fuera uno más de nosotros! ¡A él, a un asesino que no dudaría un segundo en liquidarte con sus manos desnudas! ¡Deberías avergonzarte de ser sangre hushu! Vosotros que siempre os enfrentais a todo, que os lo preguntáis todo, hoy dejas tus dudas y te arrimas a un piel roja por una absurda compasión que no merece existir.
Aemy le miraba con las cejas fruncidas en una expresión ilegible, y cuando terminó de hablar Valgaryan, ella se limitó a responder con la misma pasión que su interlocutor:
—¡He sufrido como todos vosotros bajo las… las sucias acciones de ese sangriento Imperio, Valgaryan! Mi padre murió en aquella batalla y perdí a más de la mitad de mi sangre hushu. Pero también veo aquí únicamente a un laghart atado de pies y manos, que sin ser consciente, es más víctima que todos nosotros de un sistema imperial que obliga a sus ciudadanos a hacer la guerra. ¿No te das cuenta, que no hay mayor violencia que hacer creer a todo un pueblo que matar otorga poder? ¿Vas a sentirte tú también, Valgaryan, poderoso por poder deshacer su vida con un golpe de tu arma? ¿A alguien atado de pies y manos? ¿Qué precio le pones a tu honor? ¿Para qué has decidido luchar, para hacer justicia o para matar al igual que matan ellos? —Se formó un silencio largo, interrumpido únicamente por el viento silbando. El corro de lagharts alrededor de la escena latía al unísono, con las mismas expresiones de asombro ante el discurso de Aemy. Su presencia parecía ser más grande, como si cada palabra la hubiera hecho crecer un centímetro más lejos del suelo. Valgaryan comprendió como todos una nueva realidad que antes no había contemplado nadie: todos eran víctimas. Le lanzó, entonces, una mirada furiosa a Vermilion y escupió las siguientes palabras:
—Me apiado de tu alma y rezaré a los dioses para que recibas lo mismo ahí que lo has dado aquí en vida — Dicho aquello y tras una inclinación de respeto hacia Aemy —hecho que dejó a la joven brankis muda del asombro y que apenas llegó a corresponder torpemente— se terminó el momento de máxima tensión. Todos comenzaron a alejarse en silencio y quedó Aemy a solas con el subgeneral.
—Al menos podrías dar las gra...
—¿Te crees muy lista, bocadito? —La interrumpió un furioso Vermilion —. Qué pena que muráis por creeros capaces de… Perdona, ¿qué era lo que intentabais? —Rio por debajo de la nariz. Cualquiera de sus gestos destilaba el más profundo asco hacia la raza que tenía delante—. Vais dando discursitos y después caéis como moscas ante el mero soplo de un soldado de verdad. ¿Te das cuenta, bocadito, de que no sirven de nada todos vuestros esfuerzos? ¿Vuestros ideales? ¿Vuestra ética? ¿Vuestros dioses débiles? No sabes nada de mí, y ese tipo tenía razón: me gusta matar y lo haría ahora mismo si no estuviera atado de pies y manos. —Se revolvió con ansiedad, creando un cúmulo de formas en la arena bajo sus pies. Las cadenas chillaron y se tensaron de mil maneras, mientras el raken se retorcía con verdadero ahínco, con la verdadera urgencia de matar, siempre mirando fijamente a Aemy, con aquella mirada capaz de engullirsela y llevársela a su infierno.
Aemy percibió en aquellos ojos, sorprendida, un fuego lento que circundaba fulgurante y ansioso por arrancarle el alma. Supo que podría romperla con la fuerza de su odio y con la intensidad de sus sangrientas y equivocadas ideas, y aquél descubrimiento le dio más miedo que la guerra misma. No luchaban contra unos guerreros que obedecían órdenes, luchaban contra una gente que creía que el odio y la guerra podían ser una forma de vida. Aemy retrocedió varios pasos, avergonzada por su compasión y el placer de la conversación de la noche pasada. Comprendió con la sencillez de esa mirada sucia, bruta y corrompida, que Vermilion era el hijo perfecto del Imperio Rákinhir.
0 comentarios:
Publicar un comentario