No hubieron más contiendas por unos largos minutos, mientras Aemy guiaba al grupo hasta un pequeño claro y comenzaban a acampar. Se escuchó algún sonido de alguna bestia. Era como un aullido de profunda lástima, que agarrotó el corazón de Aemy en lástima. Garok al fin se había calmado, o por lo menos había parado por un rato para comer un poco.
Alrededor del fuego todos los rostros se asemejaban: portaban las mismas expresiones solemnes y de derrota. Habían dejado al rehén atado en un árbol, no muy lejos de ahí. Aemy podía verle por el rabillo del ojo y se planteó una seria duda, que le dejó la boca torcida hacia la derecha; observó su segunda pieza de comida: un pescado de raza poco común, a la cual habían bautizado esa misma noche como salmón. Y mientras las otras siete bocas se alimentaban, la joven brankis tomó la decisión que más tarde recordaría para siempre. Se levantó y se aproximó al rehén con la pieza en la mano. Sabía que los raken se solían alimentar de carne, pero la carne había quedado ya en otras bocas.
—Toma —dijo la joven, a un par de metros del subgeneral. Éste torció la boca en diagonal.
—Hola bocadito, ¿vienes a preocuparte por el rehén? ¡Qué nobles sois los brankis! Lástima que oláis tanto a pescado. —Ella rodó los ojos.
—Es lo único que voy a darte de comer hoy, así que aprovéchalo. —Y se lo lanzó a los pies. Vermilion le echó una mirada entre divertida e irónica.
—¿Y con qué manos pretendes que me lo coma? —El sonido de las cadenas le recordó a Aemy dicho factor. Se sonrojó ligeramente ante su torpeza y titubeó, sin saber si acercarse o, por el contrario, marcharse y dejarle que se las apañara solo. Nadie se atrevía a acercarse a él, pero alguien debería hacerlo en algún que otro momento y fue aquella cara muerta de hambre la que hizo que Aemy se acercara finalmente. Lenta y cuidadosamente, se aproximó al rehén, sin dejar de mirarle a aquellos profundos ojos pálidos. Se agachó, preparada para atacar en caso de que fuera necesario y agarró la pieza de pescado. Antes de levantarse, sin embargo, pudo oler el profundo hedor de la sangre pudriéndose en sus carnes. Le miró las piernas, y pudo saber con una sola ojeada que aquello debía dolerle mucho. Se alzó, ya no tan extrañada de que no le hubiera hecho nada: es que seguramente le dolía incluso estar quieto. O tal vez estaba tan hambriento como parecían indicar sus anhelantes ojos perdidos en el alimento tan poco apetitoso para su especie. Se relamió los labios, y Aemy se lo acercó a la boca.
El subgeneral mordió con anhelo, tragando apenas sin masticar. Cuando se lo hubo terminado todo, lamió el dedo índice de Aemy antes de que ésta se retirara completamente. La joven le dirigió una mirada de asco y se limpió en los pantalones.
—Bien… ahora estate quieto. Voy a curarte esas heridas, pero al menor intento de lucha, me alejaré y te las apañarás tú sólo, ¿comprendes?
—Mmm… qué buena chica. Me alimentas, me curas, ¿también vas a cantarme para que me duerma? —Aemy rodó los ojos y le ignoró mientras aplicaba un ungüento de su tribu en las primeras heridas. Jamás le diría nada, pero admiró profundamente su capacidad de soportar el dolor. En ningún momento hubo atisbo de sufrimiento en su rostro. Se mantuvo firme y ni siquiera se escuchó el tintineo de las cadenas. Le cubrió las heridas con hojas frescas y las ató con cuerdas, muy suavemente.
—Pasarás mala noche, pero mañana estarás mucho mejor —dijo, mientras terminaba de tratar una herida en el brazo izquierdo. Sentía aquella mirada pálida en su cuerpo, clavándole pensamientos que lograban erizarle la piel. Si hubiera podido, tan sólo por un momento, introducirse en su cabeza, habría descubierto todas las dudas e inquietudes que se le cruzaban en aquél momento a aquél Raken laghart. Cuando ya iba a alejarse, él la paró con el mágico sonido de su profunda voz. Si le hubiera dicho que con ella embrujaba a todo aquél que la escuchara, lo habría creído perfectamente.
—Un placer… haber pasado un rato contigo. —Había tanto deje de superioridad en todo lo que decía que de alguna forma nunca sonaba sincero. Y aquello molestaba tremendamente a Aemy. Dio media vuelta con los brazos cruzados, y cuando entreabrió los labios tuvo que volverlos a cerrar. —Y gracias. —Parpadeó. ¿Había dicho algo con tono honesto? Bajó los brazos lentamente y los dejó caer a lado y lado de su cuerpo. En ese preciso instante, sin percatarse de ello, encontró profundamente maravilloso a aquél ser que respiraba a unos metros de sí misma. La luz caía sobre su piel y manchaba de plata su piel rojiza. Estaba muy sucio de barro, heridas y otras dolencias, pero aun así, aquél tono era vibrante y único. Luego recordó que era el culpable de todas las muertes que se habían sucedido hacía unos días. Muertes de su gente. Una ráfaga de odio la cruzó entera. Sin embargo, llegó a su cabeza algo que siempre decía su padre: “No todo lo que parece malo, es verdaderamente malo. A veces, sólo espera el momento adecuado para ser bueno”. Le inspeccionó gravemente. Él parecía estar perdido en sus propios pensamientos, también con la mirada en la suya, hasta que finalmente alzó una ceja y soltó un bufido por debajo de la nariz.
—Siento provocarte tantos pensamientos, ¿tan guapo soy? Suelen decírmelo pero… —Ante aquella respuesta, Aemy rodó los ojos y se llamó estúpida. Alguien como él jamás podría hacer nada bueno. Era un imbécil, un soberano imbécil.
Un asesino.
Todavía pudo escuchar una harmoniosa risa a sus espaldas, mientras se acercaba nuevamente a la hoguera, la única luz capaz de alumbrar la vergüenza que había en su rostro.
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