La noche caía sobre sus cabezas a medida que sus pasos se
volvían más lentos y pesados. La fatiga les manchaba los pies de barro y polvo,
pero la falta de aliento y hambre iniciaba disputas, insultos y peleas
absurdas. Era la cuarta vez que Valgaryan ofendía a Garok por su ineptitud al
cazar, cuando Rogarien salió en su defensa y le propinó un empujón. Pero la pelea la inició Aiga con un puñetazo, después la siguió Raiden con una patada a Mananí, y al final
todos estaban enzarzados en una lucha de todos contra todos. Aemy, acompañada
de Maya, puso orden a grito pelado.
—¡Basta, basta! ¡He dicho que basta! ¿Se puede saber qué os
pasa? ¿Os habéis vuelto locos?
—Ha empezado Rog.
—Has sido tú, insultando a Garok.
—Me da absolutamente igual quién haya sido, ¿me oís? He dicho
basta. —Los ojos de la brankis vibraron de furia, y todos decidieron unánimemente
que era momento de callar.
—¿Ya ha terminado la fiesta? Oh, vamos, con lo bien que me lo
estaba pasando… —Maya tiró fuerte de las cadenas, y logró que se diera con la
cabeza en una rama. Varios se rieron.
—Cállate, saco de pulgas. —Era ciertamente divertido ver a
Maya comportarse de una forma tan malvada con otra persona cuando ella solía
ser una dulzura. Aemy sonrió ligeramente, pero le pidió con la mirada que no
volviera a hacerlo, sólo faltaba que les diera por darle una paliza al rehén.
Vermilion, claramente molesto por la humillación, no
intervino más.
—Sé que estáis cansados, es normal, lo comprendo. Vamos a
descansar aquí y mañana seguiremos, ¿vale? No quiero oír nada más. El
grupo de pescadores puede ir a aquél pantano de ahí a ver si encontramos algo
para comer esta noche. Los de caza igual a los alrededores del campamento.
Quedan pocas horas de luz, así que no os entretengáis, os quiero aquí antes de
dos horas. —Todos obedecieron con cierta resignación, y la muchacha se dio
media vuelta para comenzar a preparar el espacio junto a los que habían quedado
en el claro.
—Estás hecha toda una líder, Aemy, me siento muy orgullosa
cuando te veo. —Ésta sonrió, con mirada cansada.
—Sólo intento poner algo de orden. —Maya corrió a su lado
tras haber terminado de atar al rehén en un árbol bien robusto, y la ayudó a
recoger ramas y hojas secas para hacer una hoguera.
—Llevamos ya muchos días dando vueltas. Farrien es un lugar
tan… misterioso. Me pregunto cuales serán esos grandes monstruos de los que
hablan las leyendas.
—Maya —Aemy la cogió de la muñeca un momento—. ¿Crees que he
hecho bien guiándoos aquí? Cuando lo hice, estaba pensando en llegar a un lugar
al que no entrarían ni los mismos raken, pero ahora me doy cuenta de que os
metido en un laberinto peligroso, húmedo y sin alimento. —Ambas amigas se
quedaron mirando fijamente. Era extraño que antes no se conocieran de nada y
que en apenas una semana se hubieran hecho las mejores amigas del mundo. Maya
tragó saliva, inquieta.
—Hiciste lo que creíste que era mejor. Y lo hiciste muy bien,
Aemy. Sé que saldremos de ésta. —Se abrazaron, apretando bien fuerte
la espalda de la contraria. Raramente había momentos para darse fuerzas, así que eran segundos de oro para ellas.
—Gracias, Maya. —Se separaron con sonrisas cómplices, pero
antes de que pudieran decirse nada más, alguien apareció corriendo desde el
pantano.
—¡¡LA BESTIA!! ¡¡ES LA BESTIA!! ¡¡TIENE A GAROK Y VIENE
HACIA AQUIIIIIIIÍ!! —Raiden se arrastró por el suelo a cuatro patas, temblando
de pies a cabeza, buscando su arma donde la había dejado cuando un rugido infernal
hizo eco en el bosque. Miles de pájaros despegaron un vuelo errático y
desesperado; los presentes desearon hacer lo mismo, pero no había tiempo. La
luz anaranjada del ocaso se volvía lentamente fuego, y no podía ser más precisa. Todos vieron a aquél
gusano inmenso arrastrarse hacia ellos mientras los cazadores llegaban
corriendo por los flancos hacia la bestia, intentando atacarle con sus armas a
distancia. Lanzas y flechas saltaron a su inmenso cuerpo, pero lo único
que lograron fue que éstas rebotaran y cayeran dispersas al suelo. En su boca,
el cadáver de Garok aún estaban siendo masticado. Sus huesos sonaban como pan
crujiente entre sus dientes. La Rebelión quedó ligeramente muda por unos instantes, con la piel de gallina. El dulce chico que siempre se prestaba a ayudar ya no existía.
Ya no existía, ya no existía, ya no existía, ya no...
Ya no existía, ya no existía, ya no existía, ya no...
Los gritos desgarrados de horror crearon una alarma que Aemy
no pudo ordenar. Cogieron sus armas y se dispusieron a atacar sin ton ni son,
sin plan, sin lógica. La brankis miraba de lado a lado, desesperada, buscando a
alguien consciente de la realidad pero frío para pensar.
—Eh, ¡bocadito! ¡Suéltame! —No le prestó atención, sabía quién
era, y no estaba para juegos. Maya tenía su arco, y disparaba inteligentemente
hacia el punto débil que había descubierto: el único ojo que poseía.
—Chica inteligente, Maya, chica inteligente —murmuró, Aemy,
apresurada. —¡Al ojo! ¡Atacadle al ojo! —Aemy cogió un arco y varias flechas. Le temblaban las manos y se le caía todo al suelo, pero logró su cometido. Se puso en pie, preparó la flecha y apuntó hacía el ojo del gusano. De pronto, la bestia se irguió y se abalanzó al
suelo, sumergiéndose en la tierra y llevándose con ella a varios muchachos.
—¡Mierda! —Todos se quedaron quietos, en sus posiciones. La
tierra temblaba bajo sus pies, sutilmente. Demasiado sutil como para que
pudieran identificar la posición real de la bestia. Y el silencio era abrumador.
Todos jadeaban, peguntándose a quién se llevaría al salir: Aemy odió su
elección. La bestia surgió de las profundidades de la tierra con una fuerte
explosión, que derrumbó a Maya y la hizo saltar por los aires.
—¡¡Nooooo!! —El gran e inmenso gusano, cogió a Maya del
tobillo, la cual profirió un desgarrador grito de dolor.
—¡Bocadito! ¡Suéltame, soy el único que puede ayudarla! —Aemy
respiraba, pero no sentía aire entrando en sus pulmones, si no cuchillas
afiladas que le abrían el estómago, el corazón y todas sus esperanzas. En el
aire sólo había polvo, y gritos de fondo, y sangre saltando. Se recordó en el
campo de batalla, luchando fieramente con Vermilion. Había sentido tanto miedo
como en ese preciso instante. Ella, que había llegado a creer que se había
hecho más fuerte, más capaz, más hábil… se encontraba temblando de pies a
cabeza ante la presencia de la muerte. Otra vez. Cerró los ojos. Había un
torbellino que la rodeaba entera y no la dejaba salir. Un torbellino de ideas,
de recuerdos, de palabras, de deseos. De fondo la música de la guerra y el
oxígeno intentando encontrarla.
—¡Aemy! —Abrió los ojos, los tenía llenos de lágrimas.
—¡Suéltame te he dicho! No hay tiempo, ¿quieres salvarla, o no quieres
salvarla? —Apenas se movía, estaba desorientada y le costaba respirar. —Mierda…
¡vuelve en ti! ¡Bocadito! —Qué extraña cosa era la vida, qué extraña que un día
te daba gente para confiar, y al siguiente le dabas la mano al demonio. Y qué
estúpida la raza laghart, qué estúpida que confiaba cuando la desesperación ya
no cabía más en su cuerpo.
Las cadenas cayeron al suelo bruscamente y Vermilion sonreía
de oreja a oreja. Movió el cuello, los brazos y las piernas, buscando que
volviera a circular la sangre correctamente; le crujieron varios huesos en el
proceso, pero le crujieron con ansias de lucha. Se desplazó hacia donde estaban
todas las armas; cogió su enorme y pesada espada, y rio con lujuria. Era como
observar a un infame tigre antes de ir de caza. El subgeneral inspiró con toda
su fuerza, con la sensación de la libertad burbujeándole en las entrañas.
—Llevo días deseando esto. —Algo en la cabeza de Aemy vibró
con fuerza tras escuchar aquella frase. Contempló a su gente, y se dio cuenta de
lo que acababa de hacer. Traición pura. Había soltado a un monstruo del
Imperio. En su más poderosa desesperación, había permitido que un raken no
estuviera atado de pies y manos.
—¡Espera, espera! ¿Qué vas a hacer?
No obtuvo respuesta, porque éste ya se había introducido en
la locura de la batalla, mientras ella era totalmente incapaz de abandonar el
árbol en el que le había liberado, abrazada a él como si fuera la balsa que la mantenía a flote. Escuchó más gritos, el rugido furioso de la bestia, la tierra
rompiéndose, y el silbido de las flechas. Cuando el miedo fue reemplazado por
la adrenalina, Aemy corrió sobre la hierba, entre el humo y el polvo, presentándose
entre los suyos. El panorama que encontró, fue más peculiar de lo que
esperaba: Maya estaba en un rincón, apoyada a un árbol. Le faltaba media
pierna, pero estaba viva. La bestia, en cambio, tenía un tajo abierto desde la
cabeza hasta medio cuerpo, y las vísceras salían y colgaban fuera. Ésta aún
luchaba, mordiendo a tientas, y vociferando aquél terrible grito suyo —era sin
duda el que habían escuchado aquella primera noche de acampada—, pero ya estaba
todo bajo control y los que estaban en pie le consiguieron derribar en pocos
minutos.
—¿Y Vermilion? —Maya negó con la cabeza. Willem corrió hacia
ellas al verlas.
—Voy a buscar el kit de cura. —Les comunicó, antes de perderse de nuevo entre el humo.
Aemy buscaba entre la gente la piel roja vibrante del raken, pero por más que
buscara no lo veía.
Más tarde, cuando todo se pusiera en orden, comprendería que
se había marchado.
Sin decir adiós.
Sin que pudiera darle las gracias.||
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