Agazapada entre la maleza, Aemy observaba atentamente al animal
devastado por el cansancio. El cerdo resoplaba con los ánimos agotados, y en
cada expiración de aire se podía sentir el cargado peso que había en su corazón
al ver la muerte volando sobre su cabeza. Cayó de lado, de puro agotamiento. La
mujer de piel azul, aquella que la miraba con hambre, salió a cuatro patas,
andando como si hubiera perdido la educación aprendida en su civilización, y acercó
la cara a la suya. El animal de pelo oscuro, intentó moverse para evitar que le
tocaran, pero ya era demasiado tarde: no había fuerzas en su cuerpo. El gesto
que recibió, sin embargo, fue uno muy distinto al esperado: una dulce caricia
en la cabeza junto a unas palabras susurradas al oído. Después, abandonaba la
vida sin rencor.
Aemy resopló, y se limpió el rostro salpicado de sangre. Con el arma
que había utilizado para rematar al cerdo, comenzó a separar la piel para poder
extraer la carne. Llevaba días intentando darle caza a ese animal solitario,
pero al fin lo había conseguido. El hambre estaba a punto de matarla viva, y
había superado todos sus principios de tribu hushu, en las cuales se dictaminaba que los dioses habían decidido
que su alimento fuera el pescado. Lejos quedaron esos ideales, sin embargo,
desde la primera batalla de la Rebelión. Y cuando el hambre acechaba,
desaparecían todos los dioses del universo.
Colgó la piel en el improvisado campamento, y rodó la pieza de carne
puesta al fuego. Ya prácticamente estaba lista; pronto podría saciar su hambre.
Fue cuando se sentó alrededor del fuego que sintió aquél espantoso ruido. «Crack».
El sonido de una rama al romperse. Dada su experiencia en el bosque, había
aprendido que raramente, un animal rompía una rama sin producir otros sonidos
antes. No quiso alarmarse prontamente, así que trató de tranquilizarse y pensar
en todas las posibilidades. No tenían por qué ser los raken. Estaba demasiado
lejos incluso para ellos y había logrado esconderse de todo el mundo. Hasta de
su propia vergüenza; desde hacía más de ocho meses, había reducido su
existencia a una mera supervivencia. No deseaba nada más. Sacó el
trozo de carne del fuego y sopló antes de propiciarle un fuerte mordisco. Gruñendo
con placer al sentir la explosión de sabor en su boca, se daba gracias a si
misma por su paciencia y su habilidad. Pero mordisco tras mordisco, algo se
acercaba lentamente desde detrás, como una inmensa e inquietante sombra. La
mujer de piel clara comía con ansiedad, alejada de pensamientos de peligro. O
al menos aparentemente.
—¡Yah! —Con el trozo de hueso paró un golpe frontal que le habría caído
en picado sobre la cabeza, se apartó de un salto ágil hacia atrás y volvió a
chocar el arma improvisada contra el palo de bambú de su enemigo. Era un piel
verde, y se movía con mucha rapidez. Casi no movía los pies del suelo y todas
las acciones las realizaba con un arma larga y delgada, hecha de bambú. Aemy,
sin embargo, era buena luchadora. Paró dos golpes laterales, uno en arco desde
arriba, y logró golpearle la mano. Terminando de masticar el último trozo, giró
sobre sus talones y fue a buscar su arma.
—¿Buscas esto, tal vez? —Se dio la vuelta, con expresión de sorpresa,
viendo cómo su enemigo ahora llevaba un arma en cada mano. Enfureciendo su
rostro, decidió no rendirse. Cogió una piedra y rodó por el suelo, esquivando
un ataque directo hacia su estómago. Tuvo que balancear el cuerpo de un lado a
otro, porque el laghart verde le lanzaba ataques desde arriba.
—¡¡Aaaaagh!! —chilló la chica, cuando le dio en el brazo con su propia
arma. Aquello la hizo volverse loca. Profiriendo un grito de guerra hushu, usó la pierna derecha para
desequilibrarle y tirarle al suelo. Aunque no lo logró, el contrario pareció
sorprenderse durante el rato suficiente como para que Aemy se lanzara sobre su
cuello, apretándole con fuerza. Jamás debería haberse acercado a ella tanto.
Cuerpo a cuerpo, con tan sólo puños y piernas, había aprendido a ser la más
bruta. Con los ojos encendidos de odio, la laghart azul no soltaba a su presa,
la cual comenzaba a arquear la espalda soltando las armas para deshacerse de
aquellas sólidas manos que no le liberaban. De alguna forma, sin embargo, el
enemigo logró rodar y quedar arriba, haciendo que Aemy tuviera que dejarle ir.
Se sentía asfixiado, pero aún y así tuvo la agilidad para separarse de una
voltereta. Aemy recogió ambas armas del suelo y las apuntó hacia él.
—¿Quién te ha enviado? —ambos respiraban con dificultad, pero el que lo
tenía peor era el pobre laghart verde, que tuvo que toser un par de veces para
liberar las vías respiratorias.
—Eso… eso era lo que yo quería saber. —Le comunicó. Hizo el ademán de
querer seguir luchando, pero el sonido de huesos y ropas a sus espaldas,
hicieron que ambos cesaran la batalla. Unos cinco o seis fagher, contemplaban a
los jóvenes con expectación. Uno de ellos, con la espalda encorvada, se acercó
lentamente. A pesar de su debilidad física, poseía una fuerte presencia, y sin
saber exactamente por qué, Aemy sintió que le debía respeto.
—Ya está bien, Dogu. Esta chica no parece ser del Imperio Rákinhir.
—¡Podría ser una espía!
—Mírala bien, Dogu. Pero mírala con el corazón abierto a Rukus, tu
dios. Él te dirá la verdad. —Golpeó el suelo con su bastón, enfatizando las
últimas palabras. Aemy, que no soltaba las armas ni cesaba su postura de
combate, miró fijamente a uno y otro, esperando el tono de alguna palabra más.
Al cabo de unos segundos, Dogu soltó una exhalación de sorpresa, al ver aquél
collar que colgaba del cuello de la piel azul.
—¡Es… es miembro de la Rebelión! —Algunos murmurios comenzaron a
iniciarse entre los presentes.
—Parece que Rukus te ha dado ojos al fin. Bueno, muchacha, ven con
nosotros. Y baja ya las armas, que pareces una escultura de barro. —La joven,
sintiéndose ligeramente avergonzada, cesó su posado y boqueó, queriendo decir
algo. Pero antes de poder hacerlo, ya habían dado todos media vuelta y se
habían metido en el interior del bosque. Dogu, el chico joven que la había
atacado, pasó por su lado. Ahora la contemplaba con la mirada encendida de esperanza.
—Estáis vivos… —Sonrió con orgullo y le señaló el camino con un gesto
de la mano—. Vamos, adelante. Gafuur no suele invitar a cualquiera a nuestra
tribu. —Tanta amabilidad se hacía extraña después de la batalla que había
habido entre ellos. Aemy se acarició el colmillo que le había entregado Maya
como recuerdo, y siguió a la gente fagher entre los árboles.
No tuvieron que andar mucho más, pero sí que había que ser ágil para
poder acceder al poblado. Aemy comprendió entonces cómo habían logrado mantenerse
ocultos tanto tiempo. ¡Estaba ni más ni menos frente a la mayor tribu conocida
de faghers! El poblado estaba construido entre árboles y todas las casonas
estaban comunicadas subterráneamente. Eran unos árboles extraños, de tronco y
raíces muy gruesas. Utilizaban las hojas inteligentemente para cubrirse de
miradas ajenas. Eran muy buenos para el camuflaje. La hicieron cruzar el bosque
de hojas grandes en los que se ocultaban y llegó a un centro enorme de hierba y
flores. Algunos pequeñines verdes correteaban por la pradera llana. En el bello
centro, había una hoguera sin encender, preparada para las horas de la comida.
Era un lugar perfecto y absolutamente acogedor. Entre las hojas se colaban
rayos de sol que jugaban a ser descubiertos entre sombra y sombra. Era
espectacular, y Aemy no pudo reprimir una exhalación de asombro.
—Bonito, ¿verdad? —Era Dogu—. Este poblado es el orgullo de mi familia.
Nos ha costado muchos años encontrar el escondite perfecto. Antes construíamos
en el interior de los árboles, pero se hacía muy agotador y destructivo, sobre
todo cuando empezamos a crecer tanto en número. Así que, encontramos este
lugar. Las primeras generaciones aprendieron a tratar la tierra y las semillas
para poder obtener alimento fácilmente, y gracias a las plantaciones y a este
espacio amplio, no hemos tenido que movernos más. De vez en cuando decidimos
cambiar de posición, pero lo hacemos rotativamente. Tenemos otros dos espacios
preparados para la vida. Siempre hay gente en todas las bases, pero no llaman
tanto la atención diez lagharts que cien, ¿no crees?
—¿Cien? ¿Sois cien? —respondió Aemy, mirando todo a su alrededor, sin
querer perderse ningún detalle. Cuando la vieron llegar, la gente de la
población se quedó tan sorprendida que no podían dejar de mirarla. Los niños y
niñas que no habían visto nunca a una piel azul se le acercaron y la tocaron
con curiosidad. Husmearon entre las membranas de sus dedos, y le preguntaron cómo
se hacía servir la aleta dorsal en su espalda. Los adultos, sin embargo, la
contemplaban con anhelo tras el anuncio del gran jefe Gafuur. ¡Era una rebelde!
¡La Rebelión seguía en pie después de todo, y las esperanzas volvían a ocupar
un lugar en sus corazones! La oscuridad que les había acechado el alma, se
despejaba lentamente, a medida que corría la voz. Señalaban el colmillo
colgando en su cuello, y gritaban a su dios Rukus por más señales de amor. Poco
a poco, el llamado a la tribu fue esparciéndose, y todos acabaron reunidos ante
la piedra a la que todos ofrecían su respeto. El gran jefe, se puso delante de
las inscripciones de la piedra y empezó a hablar a todos.
—Una señal de dios, compañeros míos. Una señal de dios se ha presentado
hoy ante nosotros. ¡Una rebelde se mantiene en vida, aún hay esperanza para
nuestra raza! —Los piel verde respondieron con gritos de alegría y ovaciones.
Aemy negó con la cabeza varias veces, y trató de hacerse escuchar entre el
clamor de la gente, pero nadie parecía verla.—Nuestra guerra no ha hecho más
que empezar, y pronto seguirá su curso, hasta vencer a las fuertes pieles rojas
que desean acabar y apoderarse de todo lo que dios ha creado.
—No, ¡no, no! No es así, no es así.
—El colmillo que cuelga en su cuello, es la muestra de la fuerza de la
Rebelión, que luchó contra el poderoso enemigo y sobrevivió a los lúgubres
pantanos escondidos en el interior del bosque de Farrien. ¡Presiento una nueva
era, una era que van a poder ver nuestros ojos, o los ojos de nuestros hijos!
¡La bondad preservará ante el odio y la guerra!
—¡Parad!
Todos comenzaron a cantar, tan alegres que no querían escuchar. Los
tambores retumbaron con pasión, los pies de los más animados comenzaron a
danzar sobre la hierba, y los coros se alzaban cada vez con más fuerza sobre la
piedra, atravesando las hojas que les ocultaban, alcanzado las profundidades de
un cielo infinito.
Aemy, sin embargo, no quiso ser parte de la celebración. Dar esperanzas
falsas eran casi tan cruel como arrebatar la vida a un ser inocente. Se abrió
paso entre cuerpos contentos y cogió el cuerno con el que había llamado a la
tribu el gran jefe. Sopló una vez, pero cada vez más y más se unían al ritmo.
Una segunda vez, y una tercera, lograron que lentamente se cesara la
celebración y comenzaran a prestar atención a la piel azul.
—Nada de lo que ha dicho es cierto. Lo intentamos. Y lo siento, pero
fue inútil. No sé qué voces os habrán llegado, pero la primera batalla… fue un
fracaso. Morimos en la segunda oleada de enemigos, y quedamos solamente unos
pocos. —Tragó saliva, puesto que las lágrimas comenzaban a pesarle en el
cuello.—Yo les guié en ese momento, y fue por mi culpa que la Rebelión llegó a
su fin. —Aemy sintió que se le rompía el corazón al ver tantos ojos pasar de
alegría loca a pena desmedida. —Les llevé por los bosques de Farrien porque
sabía que ahí no se atreverían a entrar ni siquiera los mismos raken, y ante
todo necesitábamos tiempo para recuperarnos del golpe. Pero una vez te adentras
en esos bosques, ya no se puede volver a salir. Estuvimos dando vueltas durante
días y días, y… al final… Pasó lo que tuvo que pasar. Esto:—Cogió el collar y
lo mostró a todos— es el recuerdo de la muerte de muchos laghart inocentes en
aquél bosque. Les llevé a la muerte, y después les abandoné. La Rebelión ya no
existe. —El largo silencio que se había extendido entre la población verde se
rompió con murmurios, que cada vez eran más acalorados, hasta que el gran jefe
decidió intervenir.
—Pero nosotros hemos oído voces. La Rebelión sigue en pie, pequeña
azul. —Notó en la mirada de la joven, un nuevo brillo, algo que le daba vigor a
su rostro. Gafuur asintió—. Están vivos. Tal vez murieran muchos, pero lograste
mantenerles con vida. A lo mejor sin ti, ni siquiera vivirían ellos.
—Yo no diría tanto… Si lo hubiera hecho bien…
—Aaah…. ¡esas dudas siempre existen, piel azul! —La gente verde
contemplaban la escena con incertidumbre.—Pero el dios Rukus siempre nos trae a
los que se lo merecen, y nos han traído a ti. Y a mí no me engañan los ojos,
no, no. Y veo en ti que te has dejado vencer antes de tiempo.
—Oh, por favor. Está vendiéndoles un sueño que no es real. ¡Dígaselo!
¡Cuénteles la verdad! ¡Mantener la esperanza es absurdo!
—Vaya, vaya, creo que ya sé quién eres. Mmm… ¿cómo la llamaban, Dogu?
—Creo que Amia o algo así.
—Aemy —corrigió la chica, algo descolocada.
—Oh, sí, Aemy, Aemy. De la tribu hushu. Una tribu muy respetable, muy
digna a sus pensamientos, si me dejas opinar, pero a veces demasiado obstinados
y aferrados a verdades basadas en una sola experiencia. Vuestra diosa, Dainthe,
es una diosa muy severa si os impide soñar. —La señaló con el bastón, y después
se dio la vuelta para coger algo de una cajita de madera, que tenía sobre un
tronco tallado. —Hacía tiempo que no sabíamos nada de la Rebelión, y pensábamos
que al final se habían rendido. Cuando hace tiempo que no sabes nada, el
corazón se marchita poco a poco, pero tu colmillo nos dice que las historias
son ciertas. Se parecían tanto a cuentos de aventuras, que prácticamente
pensábamos que era lo que se decía a los niños alrededor de una hoguera.
¡Luchasteis contra los raken, y luego vencisteis a una inmensa bestia en los
bosques de Farrien! Dime, piel azul hushu, ¿crees que todo lo que has hecho ha
sido en vano? ¿o es que pretendías vencer a todos tus enemigos a la primera?
Todo corazón fuerte sabe que ninguna batalla es fácil de ganar. —Abrió la
cajita. Aemy, reticente, se asomó a su interior y lo que vio la dejó sin habla:
eran las cartas que escribía su padre a su madre durante el viaje hacia la
guerra. Se cubrió la boca, ahogando las lágrimas en un silencio largo y
profundo.—Y ahora siéntate aquí. Siéntate y cuéntanos bien tu historia.
Una Aemy muda, se sentó frente a la tribu, con la mirada agotada.
Comenzó su relato durante el atardecer y no terminó hasta el mediodía del día
siguiente. Lo narraba como si lo estuviera viviendo todo de nuevo, y el poblado
verde aplaudía, se enfadaba y lloraba con ella. Jamás se había sentido tan
comprendida y a la vez tan desdichada.
—Me quiero unir —dijo una mujer, poniéndose de pie.
—Y yo.
—Si mi hermano va, yo no seré menos.
—Lucharemos juntos.
—Por la libertad de nuestra raza.
—Thagos necesita valor.
Muchos otros siguieron a las primeras voces y Aemy negaba con la
cabeza, con expresión devastada.
—No lo sé. Es muy peligroso. Y hay que entrenarse muy bien, ellos viven
de la guerra. La gente como nosotros, tiene poco que ganar y todo para perder.
—Piel azul, tú fuiste valiente una vez. Serlo dos veces, sería llamarte
guerrera, pero no es necesario. Sólo guíanos ante la Rebelión, para que sepan que
somos gente de confianza.
—Lucharemos en tu nombre, por los tuyos —dijo Dogu, cogiéndole la
mano—. La tribu hushu siempre ha sido muy amable con nuestra gente. Por favor,
acéptanos esta última petición.
—Yo… no sé si… —Se mordió el labio, observando cómo todos comenzaban a
inclinarse con las manos juntas sobre la frente, tal y como lo hacían en su
tribu para pedir algo con todo su corazón y respeto. Abrumada por tanta gente
valiente, cerró los ojos, y pronunció las palabras que desencadenarían que su
guerra, comenzara de nuevo—. Está bien. Os guiaré. Pero yo no sé dónde están,
tal vez tardemos mucho tiempo para llegar hasta ellos, incluso existe la
posibilidad de que lo logremos demasiado tarde.
La tensión en el ambiente se aligeró con exclamaciones apasionadas de
amor a su dios. Dogu, que aún sujetaba su mano, la apretó con más fuerza.
—Gracias, muchísimas gracias, Aemy. Nosotros tenemos noticias de la
Rebelión. Las últimas les sitúan en el sur de los bosques de Farrien, cerca de
las murallas del…
Iniciaron el viaje dos días después, y Aemy les recordó por última vez,
que después de la travesía ella desaparecería para siempre y nunca más querría
volver a oír decir nada sobre el colmillo en su cuello.
0 comentarios:
Publicar un comentario