domingo, 8 de enero de 2017

Capítulo 3: Un pasado que siempre sigue tus huellas


Agazapada entre la maleza, Aemy observaba atentamente al animal devastado por el cansancio. El cerdo resoplaba con los ánimos agotados, y en cada expiración de aire se podía sentir el cargado peso que había en su corazón al ver la muerte volando sobre su cabeza. Cayó de lado, de puro agotamiento. La mujer de piel azul, aquella que la miraba con hambre, salió a cuatro patas, andando como si hubiera perdido la educación aprendida en su civilización, y acercó la cara a la suya. El animal de pelo oscuro, intentó moverse para evitar que le tocaran, pero ya era demasiado tarde: no había fuerzas en su cuerpo. El gesto que recibió, sin embargo, fue uno muy distinto al esperado: una dulce caricia en la cabeza junto a unas palabras susurradas al oído. Después, abandonaba la vida sin rencor.
Aemy resopló, y se limpió el rostro salpicado de sangre. Con el arma que había utilizado para rematar al cerdo, comenzó a separar la piel para poder extraer la carne. Llevaba días intentando darle caza a ese animal solitario, pero al fin lo había conseguido. El hambre estaba a punto de matarla viva, y había superado todos sus principios de tribu hushu, en las cuales se dictaminaba que los dioses habían decidido que su alimento fuera el pescado. Lejos quedaron esos ideales, sin embargo, desde la primera batalla de la Rebelión. Y cuando el hambre acechaba, desaparecían todos los dioses del universo.
Colgó la piel en el improvisado campamento, y rodó la pieza de carne puesta al fuego. Ya prácticamente estaba lista; pronto podría saciar su hambre. Fue cuando se sentó alrededor del fuego que sintió aquél espantoso ruido. «Crack». El sonido de una rama al romperse. Dada su experiencia en el bosque, había aprendido que raramente, un animal rompía una rama sin producir otros sonidos antes. No quiso alarmarse prontamente, así que trató de tranquilizarse y pensar en todas las posibilidades. No tenían por qué ser los raken. Estaba demasiado lejos incluso para ellos y había logrado esconderse de todo el mundo. Hasta de su propia vergüenza; desde hacía más de ocho meses, había reducido su existencia a una mera supervivencia. No deseaba nada más. Sacó el trozo de carne del fuego y sopló antes de propiciarle un fuerte mordisco. Gruñendo con placer al sentir la explosión de sabor en su boca, se daba gracias a si misma por su paciencia y su habilidad. Pero mordisco tras mordisco, algo se acercaba lentamente desde detrás, como una inmensa e inquietante sombra. La mujer de piel clara comía con ansiedad, alejada de pensamientos de peligro. O al menos aparentemente.
—¡Yah! —Con el trozo de hueso paró un golpe frontal que le habría caído en picado sobre la cabeza, se apartó de un salto ágil hacia atrás y volvió a chocar el arma improvisada contra el palo de bambú de su enemigo. Era un piel verde, y se movía con mucha rapidez. Casi no movía los pies del suelo y todas las acciones las realizaba con un arma larga y delgada, hecha de bambú. Aemy, sin embargo, era buena luchadora. Paró dos golpes laterales, uno en arco desde arriba, y logró golpearle la mano. Terminando de masticar el último trozo, giró sobre sus talones y fue a buscar su arma.
—¿Buscas esto, tal vez? —Se dio la vuelta, con expresión de sorpresa, viendo cómo su enemigo ahora llevaba un arma en cada mano. Enfureciendo su rostro, decidió no rendirse. Cogió una piedra y rodó por el suelo, esquivando un ataque directo hacia su estómago. Tuvo que balancear el cuerpo de un lado a otro, porque el laghart verde le lanzaba ataques desde arriba.
—¡¡Aaaaagh!! —chilló la chica, cuando le dio en el brazo con su propia arma. Aquello la hizo volverse loca. Profiriendo un grito de guerra hushu, usó la pierna derecha para desequilibrarle y tirarle al suelo. Aunque no lo logró, el contrario pareció sorprenderse durante el rato suficiente como para que Aemy se lanzara sobre su cuello, apretándole con fuerza. Jamás debería haberse acercado a ella tanto. Cuerpo a cuerpo, con tan sólo puños y piernas, había aprendido a ser la más bruta. Con los ojos encendidos de odio, la laghart azul no soltaba a su presa, la cual comenzaba a arquear la espalda soltando las armas para deshacerse de aquellas sólidas manos que no le liberaban. De alguna forma, sin embargo, el enemigo logró rodar y quedar arriba, haciendo que Aemy tuviera que dejarle ir. Se sentía asfixiado, pero aún y así tuvo la agilidad para separarse de una voltereta. Aemy recogió ambas armas del suelo y las apuntó hacia él.
—¿Quién te ha enviado? —ambos respiraban con dificultad, pero el que lo tenía peor era el pobre laghart verde, que tuvo que toser un par de veces para liberar las vías respiratorias.
—Eso… eso era lo que yo quería saber. —Le comunicó. Hizo el ademán de querer seguir luchando, pero el sonido de huesos y ropas a sus espaldas, hicieron que ambos cesaran la batalla. Unos cinco o seis fagher, contemplaban a los jóvenes con expectación. Uno de ellos, con la espalda encorvada, se acercó lentamente. A pesar de su debilidad física, poseía una fuerte presencia, y sin saber exactamente por qué, Aemy sintió que le debía respeto.
—Ya está bien, Dogu. Esta chica no parece ser del Imperio Rákinhir.  
—¡Podría ser una espía!
—Mírala bien, Dogu. Pero mírala con el corazón abierto a Rukus, tu dios. Él te dirá la verdad. —Golpeó el suelo con su bastón, enfatizando las últimas palabras. Aemy, que no soltaba las armas ni cesaba su postura de combate, miró fijamente a uno y otro, esperando el tono de alguna palabra más. Al cabo de unos segundos, Dogu soltó una exhalación de sorpresa, al ver aquél collar que colgaba del cuello de la piel azul.
—¡Es… es miembro de la Rebelión! —Algunos murmurios comenzaron a iniciarse entre los presentes.
—Parece que Rukus te ha dado ojos al fin. Bueno, muchacha, ven con nosotros. Y baja ya las armas, que pareces una escultura de barro. —La joven, sintiéndose ligeramente avergonzada, cesó su posado y boqueó, queriendo decir algo. Pero antes de poder hacerlo, ya habían dado todos media vuelta y se habían metido en el interior del bosque. Dogu, el chico joven que la había atacado, pasó por su lado. Ahora la contemplaba con la mirada encendida de esperanza.
—Estáis vivos… —Sonrió con orgullo y le señaló el camino con un gesto de la mano—. Vamos, adelante. Gafuur no suele invitar a cualquiera a nuestra tribu. —Tanta amabilidad se hacía extraña después de la batalla que había habido entre ellos. Aemy se acarició el colmillo que le había entregado Maya como recuerdo, y siguió a la gente fagher entre los árboles.
No tuvieron que andar mucho más, pero sí que había que ser ágil para poder acceder al poblado. Aemy comprendió entonces cómo habían logrado mantenerse ocultos tanto tiempo. ¡Estaba ni más ni menos frente a la mayor tribu conocida de faghers! El poblado estaba construido entre árboles y todas las casonas estaban comunicadas subterráneamente. Eran unos árboles extraños, de tronco y raíces muy gruesas. Utilizaban las hojas inteligentemente para cubrirse de miradas ajenas. Eran muy buenos para el camuflaje. La hicieron cruzar el bosque de hojas grandes en los que se ocultaban y llegó a un centro enorme de hierba y flores. Algunos pequeñines verdes correteaban por la pradera llana. En el bello centro, había una hoguera sin encender, preparada para las horas de la comida. Era un lugar perfecto y absolutamente acogedor. Entre las hojas se colaban rayos de sol que jugaban a ser descubiertos entre sombra y sombra. Era espectacular, y Aemy no pudo reprimir una exhalación de asombro.
—Bonito, ¿verdad? —Era Dogu—. Este poblado es el orgullo de mi familia. Nos ha costado muchos años encontrar el escondite perfecto. Antes construíamos en el interior de los árboles, pero se hacía muy agotador y destructivo, sobre todo cuando empezamos a crecer tanto en número. Así que, encontramos este lugar. Las primeras generaciones aprendieron a tratar la tierra y las semillas para poder obtener alimento fácilmente, y gracias a las plantaciones y a este espacio amplio, no hemos tenido que movernos más. De vez en cuando decidimos cambiar de posición, pero lo hacemos rotativamente. Tenemos otros dos espacios preparados para la vida. Siempre hay gente en todas las bases, pero no llaman tanto la atención diez lagharts que cien, ¿no crees?
—¿Cien? ¿Sois cien? —respondió Aemy, mirando todo a su alrededor, sin querer perderse ningún detalle. Cuando la vieron llegar, la gente de la población se quedó tan sorprendida que no podían dejar de mirarla. Los niños y niñas que no habían visto nunca a una piel azul se le acercaron y la tocaron con curiosidad. Husmearon entre las membranas de sus dedos, y le preguntaron cómo se hacía servir la aleta dorsal en su espalda. Los adultos, sin embargo, la contemplaban con anhelo tras el anuncio del gran jefe Gafuur. ¡Era una rebelde! ¡La Rebelión seguía en pie después de todo, y las esperanzas volvían a ocupar un lugar en sus corazones! La oscuridad que les había acechado el alma, se despejaba lentamente, a medida que corría la voz. Señalaban el colmillo colgando en su cuello, y gritaban a su dios Rukus por más señales de amor. Poco a poco, el llamado a la tribu fue esparciéndose, y todos acabaron reunidos ante la piedra a la que todos ofrecían su respeto. El gran jefe, se puso delante de las inscripciones de la piedra y empezó a hablar a todos.
—Una señal de dios, compañeros míos. Una señal de dios se ha presentado hoy ante nosotros. ¡Una rebelde se mantiene en vida, aún hay esperanza para nuestra raza! —Los piel verde respondieron con gritos de alegría y ovaciones. Aemy negó con la cabeza varias veces, y trató de hacerse escuchar entre el clamor de la gente, pero nadie parecía verla.—Nuestra guerra no ha hecho más que empezar, y pronto seguirá su curso, hasta vencer a las fuertes pieles rojas que desean acabar y apoderarse de todo lo que dios ha creado.
—No, ¡no, no! No es así, no es así.
—El colmillo que cuelga en su cuello, es la muestra de la fuerza de la Rebelión, que luchó contra el poderoso enemigo y sobrevivió a los lúgubres pantanos escondidos en el interior del bosque de Farrien. ¡Presiento una nueva era, una era que van a poder ver nuestros ojos, o los ojos de nuestros hijos! ¡La bondad preservará ante el odio y la guerra!
—¡Parad!
Todos comenzaron a cantar, tan alegres que no querían escuchar. Los tambores retumbaron con pasión, los pies de los más animados comenzaron a danzar sobre la hierba, y los coros se alzaban cada vez con más fuerza sobre la piedra, atravesando las hojas que les ocultaban, alcanzado las profundidades de un cielo infinito.
Aemy, sin embargo, no quiso ser parte de la celebración. Dar esperanzas falsas eran casi tan cruel como arrebatar la vida a un ser inocente. Se abrió paso entre cuerpos contentos y cogió el cuerno con el que había llamado a la tribu el gran jefe. Sopló una vez, pero cada vez más y más se unían al ritmo. Una segunda vez, y una tercera, lograron que lentamente se cesara la celebración y comenzaran a prestar atención a la piel azul.
—Nada de lo que ha dicho es cierto. Lo intentamos. Y lo siento, pero fue inútil. No sé qué voces os habrán llegado, pero la primera batalla… fue un fracaso. Morimos en la segunda oleada de enemigos, y quedamos solamente unos pocos. —Tragó saliva, puesto que las lágrimas comenzaban a pesarle en el cuello.—Yo les guié en ese momento, y fue por mi culpa que la Rebelión llegó a su fin. —Aemy sintió que se le rompía el corazón al ver tantos ojos pasar de alegría loca a pena desmedida. —Les llevé por los bosques de Farrien porque sabía que ahí no se atreverían a entrar ni siquiera los mismos raken, y ante todo necesitábamos tiempo para recuperarnos del golpe. Pero una vez te adentras en esos bosques, ya no se puede volver a salir. Estuvimos dando vueltas durante días y días, y… al final… Pasó lo que tuvo que pasar. Esto:—Cogió el collar y lo mostró a todos— es el recuerdo de la muerte de muchos laghart inocentes en aquél bosque. Les llevé a la muerte, y después les abandoné. La Rebelión ya no existe. —El largo silencio que se había extendido entre la población verde se rompió con murmurios, que cada vez eran más acalorados, hasta que el gran jefe decidió intervenir.
—Pero nosotros hemos oído voces. La Rebelión sigue en pie, pequeña azul. —Notó en la mirada de la joven, un nuevo brillo, algo que le daba vigor a su rostro. Gafuur asintió—. Están vivos. Tal vez murieran muchos, pero lograste mantenerles con vida. A lo mejor sin ti, ni siquiera vivirían ellos.
—Yo no diría tanto… Si lo hubiera hecho bien…
—Aaah…. ¡esas dudas siempre existen, piel azul! —La gente verde contemplaban la escena con incertidumbre.—Pero el dios Rukus siempre nos trae a los que se lo merecen, y nos han traído a ti. Y a mí no me engañan los ojos, no, no. Y veo en ti que te has dejado vencer antes de tiempo.
—Oh, por favor. Está vendiéndoles un sueño que no es real. ¡Dígaselo! ¡Cuénteles la verdad! ¡Mantener la esperanza es absurdo!
—Vaya, vaya, creo que ya sé quién eres. Mmm… ¿cómo la llamaban, Dogu?
—Creo que Amia o algo así.
—Aemy —corrigió la chica, algo descolocada.
—Oh, sí, Aemy, Aemy. De la tribu hushu. Una tribu muy respetable, muy digna a sus pensamientos, si me dejas opinar, pero a veces demasiado obstinados y aferrados a verdades basadas en una sola experiencia. Vuestra diosa, Dainthe, es una diosa muy severa si os impide soñar. —La señaló con el bastón, y después se dio la vuelta para coger algo de una cajita de madera, que tenía sobre un tronco tallado. —Hacía tiempo que no sabíamos nada de la Rebelión, y pensábamos que al final se habían rendido. Cuando hace tiempo que no sabes nada, el corazón se marchita poco a poco, pero tu colmillo nos dice que las historias son ciertas. Se parecían tanto a cuentos de aventuras, que prácticamente pensábamos que era lo que se decía a los niños alrededor de una hoguera. ¡Luchasteis contra los raken, y luego vencisteis a una inmensa bestia en los bosques de Farrien! Dime, piel azul hushu, ¿crees que todo lo que has hecho ha sido en vano? ¿o es que pretendías vencer a todos tus enemigos a la primera? Todo corazón fuerte sabe que ninguna batalla es fácil de ganar. —Abrió la cajita. Aemy, reticente, se asomó a su interior y lo que vio la dejó sin habla: eran las cartas que escribía su padre a su madre durante el viaje hacia la guerra. Se cubrió la boca, ahogando las lágrimas en un silencio largo y profundo.—Y ahora siéntate aquí. Siéntate y cuéntanos bien tu historia.
Una Aemy muda, se sentó frente a la tribu, con la mirada agotada. Comenzó su relato durante el atardecer y no terminó hasta el mediodía del día siguiente. Lo narraba como si lo estuviera viviendo todo de nuevo, y el poblado verde aplaudía, se enfadaba y lloraba con ella. Jamás se había sentido tan comprendida y a la vez tan desdichada.
—Me quiero unir —dijo una mujer, poniéndose de pie.
—Y yo.
—Si mi hermano va, yo no seré menos.
—Lucharemos juntos.
—Por la libertad de nuestra raza.
—Thagos necesita valor.
Muchos otros siguieron a las primeras voces y Aemy negaba con la cabeza, con expresión devastada.
—No lo sé. Es muy peligroso. Y hay que entrenarse muy bien, ellos viven de la guerra. La gente como nosotros, tiene poco que ganar y todo para perder.
—Piel azul, tú fuiste valiente una vez. Serlo dos veces, sería llamarte guerrera, pero no es necesario. Sólo guíanos ante la Rebelión, para que sepan que somos gente de confianza.
—Lucharemos en tu nombre, por los tuyos —dijo Dogu, cogiéndole la mano—. La tribu hushu siempre ha sido muy amable con nuestra gente. Por favor, acéptanos esta última petición.
—Yo… no sé si… —Se mordió el labio, observando cómo todos comenzaban a inclinarse con las manos juntas sobre la frente, tal y como lo hacían en su tribu para pedir algo con todo su corazón y respeto. Abrumada por tanta gente valiente, cerró los ojos, y pronunció las palabras que desencadenarían que su guerra, comenzara de nuevo—. Está bien. Os guiaré. Pero yo no sé dónde están, tal vez tardemos mucho tiempo para llegar hasta ellos, incluso existe la posibilidad de que lo logremos demasiado tarde.
La tensión en el ambiente se aligeró con exclamaciones apasionadas de amor a su dios. Dogu, que aún sujetaba su mano, la apretó con más fuerza.
—Gracias, muchísimas gracias, Aemy. Nosotros tenemos noticias de la Rebelión. Las últimas les sitúan en el sur de los bosques de Farrien, cerca de las murallas del…

Iniciaron el viaje dos días después, y Aemy les recordó por última vez, que después de la travesía ella desaparecería para siempre y nunca más querría volver a oír decir nada sobre el colmillo en su cuello. 

0 comentarios:

Publicar un comentario